Hay un momento mágico antes de ver algo de luz en el cielo. Es como una especie de reinicio a punto de suceder ante tus ojos.
En mi juventud, como en casi todos los casos, nunca he sido amante de madrugar, en todo caso de trasnochar. Pero esto va intrínseco en todo joven, o prácticamente todo joven ya que nuestro cerebro, nuestras glándulas, nos traen por el camino de la confusión y nos empujan a ir al revés durante un tiempo. No sé como muchos llegamos a medio normales en la edad adulta. La adolescencia es un viaje que no se lo desearía a nadie, pero que todos en menor o mayor medida, debemos hacer.
Con los años, mi cuerpo ha ido cambiado, él solo, sin obligarle. Pasando de querer dormir hasta que el sol estuviera en todo lo alto, a despertar completamente despejado antes incluso de ver algo de luz en el cielo.
¿Por qué?
Creo que al igual que nuestra piel y demás partes del cuerpo van mostrando síntomas de 'maduración' , nuestro sistema nervioso también. Nuestra producción de melatonina se ajusta a los ciclos circadianos y sin realmente ser conscientes nos adaptamos a nuestra naturaleza más pura. Entre ellas dormir mientras hay noche, despertar cuando hay sol.
El momento más sereno de mi día es la mañana, entre las 6:30 y 7:30 de la mañana, dependiendo de la estación del año cuando el sol aparece por detrás de las montañas que tengo en mi campo visual desde mi ventana. Es el momento en el que realmente el peso del mundo no existe. El silencio previo a cuando las aves comienzan a despertar y celebrar un nuevo día. La sigilosa y muy querida compañía de mis gatos mientras me tomo el café y pienso en absolutamente nada. Es casi como meditar sin esfuerzo.
Para quienes habéis comenzado este ciclo, bienvenidos. Para quiénes aún no lo han probado, creedme una vez lo saboreéis os preguntaréis por qué no lo habíais hecho antes. Y es que amanecer con el planeta es una de las mejores sensaciones de esta extraña y bonita vida.
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